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La Ermita de la Virgen del Plu

Se encuentra en el centro del casco viejo de Marcilla (Navarra, España). Se data de su existencia desde el año 1474, fecha en que fue ampliada. El edificio fue reconstruido en el Siglo XVII, y ha sufrido diversas transformaciones hasta la actualidad.

Presenta una planta de cruz latina con nave de tres tramos y cabecera semicircular que se cubre con una bóveda de medio cañón con lunetos, excepto en el crucero que se ha modificado para incorporar una linterna y la cabecera que lo hace con un cuarto de esfera moderno. Los arcos fajones se decoran con temas geométricos de óvalos y rectángulos de estirpe serliana y descansan en dobles pilastras sobre las que discurre una cornisa que perfila el perímetro del templo.

Si en el interior el material, el ladrillo, aparece enlucido, al exterior queda a la vista, en perfecta armonía con las casas que la rodean. La entrada, moderna, se abre a los pies y presenta un arco de medio punto protegido por un pórtico cubierto por medio cañón con lunetos.

En su interior se encuentran la imagen de la Virgen del Plú (gótica), así como una talla románica, ambas muy restauradas y de las que apenas queda nada de las imágenes antiguas.

Paramentos y techumbres del recinto están decorados al acrílico por José Antonio Pérez Fabo, entre los años 1985-2003. El cálido cromatismo de los motivos alegóricos, dota al conjunto de una luminosidad especialmente atractiva y moderna.

 


El Convento

Los Agustinos Recoletos se establecieron en Marcilla en el siglo XIX. La parte antigua del actual Centro Filosófico-Teológico había sido monasterio cisterciense, anexionado a la abadía de la Oliva. El ala derecha del presente edificio es obra del siglo XVIII. En 1835, a causa de la exclaustración y desamortización de Mendizábal, los monjes bernardos deben abandonar el monasterio, pasando su propiedad a la familia de José Francisco Elorz. El 17 de septiembre de 1865 se instala la nueva comunidad de Agustinos Recoletos.

El 13 de octubre de 1982 el Centro quedó afiliado a la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra.


La Azucarera

El esqueleto de una historia

En Marzo de 2002, maquinas excavadoras borraban del suave paisaje ribero la última azucarera de Navarra. Fue la culminación de una lenta agonía de ladrillos y vigas de madera, que se resistían a desaparecer bajo los escombros. Construida para endulzar a la gente hace ya cien años.

La fábrica “La Concepción” de Marcilla se edificó entre 1899 y 1900. Fue la primera que se instaló en la Comunidad Foral y la última en desaparecer.

Su construcción formó parte de un proyecto muy amplio de construcción de azucareras por parte del Estado español, impulsado con el fin de sustituir el azúcar de caña procedente de Cuba, Puerto Rico y Filipinas, ultimas colonias españolas perdidas a finales del siglo XIX.

En Navarra se construyeron, además, las de Pamplona, Tudela y Cortes.

Tras la pérdida de las colonias, hubo necesidad de producir en nuestro propio país el azúcar. Y para ello, se pensó en obtenerlo a partir de la remolacha.

El cultivo de éste producto se introdujo en Granada a finales del siglo XIX, y rápidamente se extendió por Navarra y Zaragoza. Mucho más tarde se incorporaría Castilla en su cultivo y producción. Llegó a ser nuestra comunidad la tercera productora de azúcar de España.

Las grandes compañías azucareras impulsaron el desarrollo industrial de Navarra a principios de siglo. Las grandes fábricas, su compleja y avanzada tecnología de entonces y la repercusión directa sobre la agricultura al fomentar el cultivo de la remolacha, las convirtieron en una potente palanca de desarrollo y en un símbolo de la industrialización. No por casualidad, en el artesonado del palacio del trono de la Diputación Foral, está pintada la azucarera de Marcilla.

La azucarera figura en los libros y catálogos especializados como un ejemplo destacado de arquitectura industrial española. Entre sus detalles destacaban los arcos y cornisas neomudejares, un reloj de sol, pavimentos de ofita, tragaluces semicirculares y una gran chimenea de ladrillo.

La fábrica era enorme. Tenía varias naves para la producción, aparte del horno de cal, turbinas, calderas, secaderos de pulpa, lavaderos, difusión. Por su puesto, contaba con almacenes para el azúcar, la pulpa, depósitos de melaza, carboneras y balsa de agua.

Fuera del recinto fabril, se encontraba la zona del poblado con viviendas para los obreros, capilla, escuelas, fonda y economato.

La azucarera de Marcilla dejó de funcionar en 1979. A pesar del deterioro derivado de su abandono, conservaba todavía toda su sólida estructura y su encanto.

A pocos metros de donde estaba situada la Azucarera, se encuentra la estación del ferrocarril, y junto a ella, había una hermosa casa con jardín, propiedad de Don Jesús Elorz. Se trata de Villa Lidia, (en recuerdo de su mujer), la casa donde hace algo más de cien años se decidió la construcción de la fábrica, sobre una finca de esta familia. El nombre de la Azucarera “La Concepción”, se debe al nombre de una de las hijas de Don Jesús Elorz.

La Historia contada por sus protagonistas

La azucarera llegó a tener más de 250 empleados fijos y otros tantos eventuales durante las campañas de invierno. Filas de carros y galeras cargadas de remolacha bajaban desde Falces, Caparroso, Peralta o Villafranca y que hacían colas de varios kilómetros por aquellas carreteras.

A pesar de la dureza de la recolección (pasando mucho frío y andando sobre el barro), aquellas campañas proporcionaban a los agricultores cosechas de invierno bastante rentables. De la remolacha se aprovechaba todo el mundo: desde el agricultor para sacar provecho de la tierra en el invierno, hasta los jornaleros del campo, que completaban sus ingresos como obreros eventuales de la fábrica.

La actividad de esta fábrica fue muy intensa durante muchos años. La azucarera disponía de un ramal férreo que enlazaba con la estación del ferrocarril. Allí los obreros cargaban al hombro sacos de azúcar en los vagones del tren, trabajando a turnos.

Los empleados vivían al toque de sirena en sus casas ubicadas en la barriada que se construyó al lado de la misma factoría. Las voraces carboneras eran alimentadas sin parar noche y día. El pequeño microcosmos creado junto a la azucarera generó un estilo de vida que muchos recuerdan con nostalgia. Tan es así, que la barriada creada disponía de iglesia, escuelas, tienda, cantina y hasta sus propias fiestas patronales de San Pedro.

La fábrica de Marcilla comenzó a decaer en los años sesenta y setenta debido a la falta de eficacia, productividad y rendimiento. Los agricultores navarros no podían competir con la remolacha castellana, que daba mas grado.

Fue en 1979 cuando la fábrica dejó de funcionar. La producción remolachera Navarra decayó consecuentemente: el producto era recogido en Marcilla y trasladado a la Azucarera de Vitoria, más moderna.

Diez años después, se dejaba de cultivar remolacha en la Ribera. Y poco tiempo después, era cerrada la Factoría de Vitoria y toda la producción del Norte del País se trasladaba a la Azucarera de Valladolid, dotada de los medios más modernos existentes.

Hoy sólo queda la memoria de una fábrica que sirvió para endulzar la vida de la gente. La tristeza por la desaparición de un símbolo, de un edificio emblemático de Navarra. Para algunos marcilleses es el final amargo de una fábrica que tenía un dulce nombre de mujer, y que influyó decisivamente en el actual bienestar de la comarca.

Hoy en día lo único que ha quedado de esta factoría, es la chimenea.

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